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El trabajo del Instituto [abarca] el
estudio científico de los lenguajes, y
simultáneamente, de las costumbres de los pueblos
autóctonos con el propósito de conocer, y en lo
posible, conservar algo de civilizaciones viejas y respetables
en las que mucho podemos aprender si nos asomamos a ellas con
una actitud humilde y objetiva, en vez de hacerlo cegados por
la vanidad y el orgullo que nos hacen creer en nuestra
superioridad racial: pecado del que con frecuencia no se salvan
ni siquiera quienes son parcialmente
indígenas.
He tenido
ocasión de seguir de cerca las actividades de estos
jóvenes estudiosos y sinceros que constituyen el
Instituto Lingüístico de Verano, desde que me fue
presentado el señor
Guillermo Townsend en presencia del
General Cárdenas, entonces Presidente de la
República, hace un cuarto de siglo. El celo, el
desinterés, la abnegación con que han trabajado,
así como el rigor científico para aprender y
conservar las lenguas nativas, constituyen, en mi
opinión, un ejemplo de trabajo constructivo y noble.
Pero es algo más: es un ejemplo de cómo las
relaciones entre pueblos disímbolos pueden cimentarse en
la comprensión y en la amistad. Es ésta una
enseñanza valiosísima en esta época en que
la creciente incomprensión, la desconfianza mutua y el
egoísmo colectivo hacen imposible la paz del
mundo.
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